Cullera propone una forma distinta de entrar en sus museos: en bicicleta, sin prisas y con el patrimonio como hilo conductor. La propuesta reúne varios de sus espacios más representativos en una misma salida, pensada para quienes quieren combinar actividad física, historia local y una mirada más amplia a la ciudad. El plan funciona en días concretos de la semana y enlaza distintos recorridos museísticos con una logística sencilla, pensada para hacer varias visitas en una sola jornada.
La experiencia incluye alquiler de bicicleta, entradas y visitas guiadas a los espacios previstos, con la posibilidad de añadir casco por un suplemento. La tarifa es de 16 euros y la recogida y devolución de la bici se hace en el horario del Museo Fallero. Es una manera cómoda de moverme entre colecciones, torres y recuerdos históricos sin tener que organizar cada visita por separado.

Un itinerario que junta historia, paisaje y memoria
La gracia de este plan está en que no se limita a abrir puertas, sino que propone un recorrido. En Cullera, la red museística abarca desde la arqueología y las tradiciones festivas hasta la memoria de la Guerra Civil o la huella defensiva de la costa. Pedalear entre estos espacios permite entender mejor cómo se ha construido la identidad de la localidad, con capas muy distintas que van desde la prehistoria hasta el siglo XX.
En ese mapa cultural aparecen el Museo Fallero, la Torre del Marenyet, el Museo del Arroz y, como opción, las pinturas rupestres de Abric Lambert. También forman parte del relato otros espacios patrimoniales de la ciudad, como el Museo de Historia y Arqueología, la Torre de la Reina Mora, el refugio antiaéreo del mercado o la Cueva-Museo del Pirata Dragut. La bicicleta, en este caso, no es solo un medio de transporte: convierte la visita en una secuencia continua y ayuda a leer Cullera como un conjunto.