La cultura de lo etéreo se cuela en el Centre del Carme Cultura Contemporània con una exposición colectiva que mira de frente la fragilidad de nuestro tiempo. Todo lo sólido se desvanece en el aire reúne miradas muy distintas para pensar cómo cambian el trabajo, la vivienda, el consumo, la tecnología y hasta las relaciones personales cuando todo parece moverse a gran velocidad.
La propuesta parte de una idea tan sencilla como incómoda: hoy casi nada se sostiene como antes. Lo que ayer parecía estable, desde los contratos laborales hasta los hábitos de compra o el gusto, se vuelve volátil, provisional o directamente desechable. ¿Qué queda entonces cuando la vida cotidiana se organiza entre pantallas, rendimiento y adaptación constante?
Una exposición sobre lo inestable
La muestra se articula a través de obras en múltiples formatos, desde la investigación artística hasta la fotografía, la escultura, la instalación, el video, la ilustración, el diseño y el arte sonoro. Esa variedad no es un adorno, sino la manera de abordar un mismo clima de época desde registros muy distintos, todos ellos conectados por una misma inquietud: la pérdida de consistencia de lo que antes parecía firme.
Comisariada por Diana Padrón, la exposición toma València como punto de observación y como material de trabajo. Desde ahí, los artistas trazan una lectura que cruza el espacio doméstico, el mercado, la vida laboral y la aceleración contemporánea, con obras de María Alcaide, Pablo Capitán del Río, Denis Darzacq, Natalia Domínguez, Miquel García, Cristina Garrido, Laura Llaneli, Lemos and Lehmann y Lorenzo Sandoval.
Trabajo, vivienda y consumo bajo otra luz
Uno de los ejes más claros de la muestra es el trabajo. María Alcaide lo aborda a partir de encuestas a trabajadores y lo traduce en una instalación que recrea el entorno de una oficina, un espacio que sirve para pensar cómo han cambiado los procesos de selección y también el ideal del empleado multitarea. Frente al viejo modelo fordista, aquí aparece otra figura, más flexible, más expuesta y más sometida a la lógica del rendimiento.
Lorenzo Sandoval también pone el foco en el trabajo, pero desde una investigación sobre fábricas textiles valencianas. Su pieza, construida con fotografía y escultura, muestra que ciertas tecnologías asociadas hoy a lo contemporáneo ya estaban presentes en prácticas industriales del pasado. Desde otra perspectiva, Miquel García convierte la evolución del precio del alquiler y de la venta de la vivienda en un skyline de más de siete metros de longitud, una forma de hacer visible cómo el mercado inmobiliario dibuja también la ciudad que habitamos.
Cuerpos que flotan, suenan y se agotan
La exposición encuentra momentos especialmente sugerentes cuando habla de la volatilidad de los cuerpos. Denis Darzacq presenta imágenes en las que figuras suspendidas flotan en supermercados, una escena que enlaza la obsolescencia programada con el consumo y con la manera en que el mercado condiciona nuestros movimientos. En esa misma línea, el colectivo Lemos and Lehmann trabaja con una nube de vapor surgida de un volcán de Islandia, una imagen que remite a lo inestable y a lo fugaz.
Laura Llaneli transforma esa nube en una nube de platillos de percusión rotos, con una instalación construida a partir de materiales de otros músicos. Su obra reflexiona sobre la transformación del sonido y sobre la dificultad de escucharse a uno mismo, algo que conecta con el frenesí cotidiano. Natalia Domínguez, por su parte, introduce respiraciones de angustia y esfuerzo que recorren la sala, junto a una instalación con materiales de un paracaídas que alude a la fragilidad y a la caída.
Imagen, arte y desvanecimiento
Cristina Garrido dirige su mirada hacia la hiperproducción cultural y el universo de las ferias de arte, con un trabajo audiovisual que cuestiona el ritmo al que circulan obras, nombres y discursos dentro del sistema artístico. La pieza abre una lectura crítica sobre la propia industria cultural, tan sometida también a la lógica de la aceleración y de la obsolescencia.
Pablo Capitán del Río propone, en cambio, una escultura de resina que irá cambiando con el tiempo hasta desvanecerse durante el periodo expositivo. La obra dialoga con el Arte Povera de los años setenta y empuja una idea incómoda: ni siquiera la escultura permanece a salvo de esa inestabilidad que domina el presente. En conjunto, la exposición convierte esa sensación de desvanecimiento en una manera de mirar el mundo, no como una abstracción, sino como una experiencia que atraviesa el trabajo, el consumo, la vivienda y el propio cuerpo.
La exposición sigue abierta en la Sala 2 del Centre del Carme y propone una lectura muy afilada del presente, lejos de cualquier consuelo fácil. Lo que ofrece no es una explicación cerrada, sino un mapa de tensiones, con obras que hacen visible cómo la vida contemporánea se ha acostumbrado a vivir sobre lo inestable.