A mediados de agosto, Bétera cambia de pulso y se entrega a una de las celebraciones más singulares del Camp de Túria. La Festa de les Alfàbegues convierte el municipio en una secuencia de actos donde conviven la devoción, el color, la música y una puesta en escena que gira alrededor de unas plantas convertidas en emblema colectivo. Para quien vive en València y se mueve por el área metropolitana, es una de esas citas que se siguen con atención porque condensan identidad local, participación popular y un calendario muy marcado por el día grande del 15 de agosto.
La edición de 2026 se prolonga del 12 al 22 de agosto, con el momento central concentrado en la jornada dedicada a la Mare de Déu d’Agost. El día 15 concentra la ofrenda, el traslado de las alfàbegues y los actos más reconocibles, pero el ambiente festivo se extiende varios días más y deja margen para acercarse a Bétera con calma. La programación oficial puede consultarse en Comunitat Valenciana, donde aparecen las fechas y la referencia básica del conjunto festivo.
Quien se acerque estos días encontrará una fiesta muy arraigada, con un lenguaje propio y una estética que no se parece a la de otras celebraciones de agosto. Aquí el protagonismo lo toman las alfàbegues monumentales, las figuras tradicionales que las acompañan, la música en la calle y el estruendo del confeti y la pólvora. Todo ello configura un plan muy apetecible para quienes buscan cultura popular sin salir de la órbita de València.

El día grande de la Mare de Déu d’agost
El 15 de agosto marca el centro simbólico de la fiesta y concentra lo que más identifica a Bétera fuera del municipio. Ese día, la villa se llena del aroma inconfundible de la albahaca, una presencia que no es decorativa ni anecdótica, sino la base de un ritual que se repite cada verano con una enorme carga colectiva. Las plantas de albahaca, de tamaño extraordinario, se ofrecen a la Mare de Déu en la conocida rodà, un acto que combina participación vecinal y solemnidad festiva.
La ofrenda de las alfàbegues no se entiende solo como un gesto religioso. También funciona como una coreografía popular en la que intervienen las obreras, los portadores de la sombrilla y los cossieters, figuras que sostienen la ceremonia y le dan forma visual. Sus vestimentas aportan uno de los rasgos más reconocibles de la jornada, porque refuerzan la sensación de estar ante una celebración transmitida y cuidada durante generaciones. ¿Qué otra fiesta de agosto logra que unas plantas gigantes se conviertan en el centro de atención de todo un pueblo?
La rodà es, además, un acto abierto y festivo, con música y abundante confeti, en el que el protagonismo no se reserva a una escena solemne y cerrada, sino que se comparte con el ambiente de calle. Ese equilibrio entre respeto a la tradición y celebración popular es una de las razones por las que la fiesta conserva tanta fuerza. Para quien llega desde València, el 15 de agosto es la fecha que ordena todo lo demás, porque a su alrededor se entiende la dimensión real de la fiesta.