La gran exposición de Anselm Kiefer ya ocupa el Centro de Arte Hortensia Herrero con una selección pensada para entrar de lleno en su universo de materia, memoria y símbolos. La muestra reúne once obras y convierte varias galerías del centro en un recorrido donde el paisaje, la historia y la mitología se cruzan con la literatura, la música y la naturaleza.
En València, la propuesta tiene además un atractivo especial: incluye Danaë, una pieza monumental de más de trece metros de ancho que se presenta por primera vez en Europa. Para quien siga la trayectoria de Kiefer, o para quien quiera acercarse a ella por primera vez, la visita ofrece una buena ocasión para ver cómo trabaja el artista alemán con capas, texturas y referencias culturales de largo recorrido.
No se trata de una muestra retrospectiva al uso, sino de una selección que dialoga con la colección del propio centro y con algunas de las piezas que ya forman parte de su sala noble. Ese cruce entre lo permanente y lo temporal da a la exposición una lectura muy clara: aquí no hay solo grandes formatos, sino también una manera de pensar la pintura como un espacio donde pesan el tiempo, la transformación y la memoria.

Un artista que piensa en imágenes
Anselm Kiefer nació en 1945 en Donaueschingen, Alemania, y desde 1992 vive y trabaja entre París y Barjac, cerca de Aviñón. Antes de entrar en la Academia de Bellas Artes de Karlsruhe y después en la de Düsseldorf, donde fue alumno de Joseph Beuys, estudió Derecho, Literatura y Lingüística, una mezcla que ayuda a entender por qué su obra se abre tanto a la palabra escrita como a la imagen.
Desde su presencia en la 39ª Bienal de Venecia, en 1980, su trabajo ha pasado por instituciones de primer nivel como el Art Institute of Chicago, el Metropolitan Museum of Art de Nueva York, la Fondation Beyeler, el Guggenheim de Bilbao, la Royal Academy of Arts de Londres o el Centre Pompidou de París. También ha recibido reconocimientos como el Praemium Imperiale de Japón y el Premio de la Paz del Comercio Librero Alemán, y ha sido autor de encargos permanentes para el Louvre y el Panteón de París.
Esa trayectoria importa porque ayuda a situar lo que se ve en València: Kiefer trabaja con una ambición poco común, con obras que no se limitan a ocupar una pared, sino que parecen construir un territorio propio. Sus cuadros y vitrinas no se leen deprisa; obligan a detenerse, a mirar las capas, a seguir las huellas que deja cada material.